jueves, 29 de marzo de 2012

El Melómano Cabreado #10

Entrada original para Satélite Media el día 28 de marzo del 2012, publicada un día antes de lo que se hubiese sido lo normal, respetando la huelga general en España el día 29 de marzo.

Un amigo cabreado

En Madrid he encontrado un búnker. Un recinto donde refugiarse del bombardeo agobiante del mundo externo; un sitio ajeno a la monotonía y al cansancio mundano del día a día de la ciudad. Un oasis a mi rutina.

Se trata de un muy bien proporcionado sótano que se ha ido adecuando poco a poco hasta convertirse en un local de ensayo, ubicado en el distrito de Tetuán, en el barrio de Cuatro Caminos, al norte de la capital. Los regentes del lugar son Juan, un madrileño creativo e inquieto, treintañero, que ya mencioné de pasada en una columna anterior, y su chica, Milca, una aguda chilena-española de mucho carácter.

El sótano está bien equipado: batería, bajo, guitarras (eléctricas, acústicas y electroacústicas), amplificadores, ecualizadores, pedales, micrófonos, un par de armónicas, un ukulele decorado con un dibujo de Bob Esponja (sic), un pequeño teclado que se puede conectar al ordenador, y varios tipos de accesorios.

Las paredes del ensayo están cubiertas con varios afiches: desde el imprescindible Elvis, hasta Gene Simmons de Kiss, pasando por una ilustración de Paul McCartney con peinado punk, una bandera del Colo-Colo, un póster del Atlético de Madrid campeón, una fotografía de Julio Iglesias con su familia, carteles de manifestaciones y protestas que ha habido en Madrid, unos hologramas estereoscópicos de tigres que no sé muy bien qué hacen ahí, etcétera. También se pueden ver un par de cuadros pintados por Milca.

Sofás y sillas se entornan alrededor de una desequilibrada mesita atiborrada de ceniceros, y resulta difícil encontrar algo que no sea cerveza Mahou de litro en el refrigerador. El baño, justo al lado del local, parece que sólo es usado por los visitantes del sótano. En resumen: se trata de un sitio ideal para estar, ustedes me entienden.

En él ensayan de manera irregular los Vampirozombies, conjunto de rockabilly, liderados por Juan, por supuesto.

Actualmente, a Juan se le reconoce por una pinta específica: estila bigote como si fuese un antiguo domador de leones, peina cabello largo negro y viste del mismo color, como los heavys.

Cualquiera que lo viese y no lo conociese diría que sólo escucha música pesada. Pero esto sería un error. De hecho, la composición musical más personal de Juan contrarresta en cierta medida su imagen. Sus grabaciones, demos de canciones realizadas hace ya algunos años, exhiben a un chico sensible y vulnerable, lleno de amores frustrados y pensamientos un tanto oscuros, cínico y fantasioso, teatrero y dramático, más cercano a la decepción y a la autocompasión que a la esperanza o el optimismo, y que practica con acierto un humor retorcido y cruel, todo ello maquetado muchas veces dentro de márgenes amables, armoniosos, acogedores y entrañables. Su música me recuerda a autores que me gustan mucho como Los Beatles (Juan más inclinado del lado lennoniano, que yo del mccartniano), Los Planetas o Albert Plá. Algunas de sus canciones me cautivan arrebatadoramente o me enternecen al borde de la lágrima. Me extraña que, aparentemente, Juan no tenga mucho interés por publicar algún día esas melodías, grabándolas en un estudio de verdad, cuidando los detalles y confeccionándolas en un formato físico. En ese sentido, yo procuro, y procuraré, convencerle y animarle para que lo haga, porque si nunca llega a concretizarlo sería una verdadera pena, al menos para mí. Es por eso que le he pedido que me enseñe los acordes y cadencias de su música.

Por otro lado, me consta que Juan es un seguidor de esta columna porque siempre que nos vemos, un día a la semana más o menos, me reclama lo mismo: que no me cabreo lo suficiente en mi columna de El Melómano Cabreado y que, por lo tanto, es una incongruencia llamarla así. Incluso, en una ocasión, nada más saludarlo en el sótano, antes siquiera de que me dijese cualquier cosa, me agarró por el cuello de la camisa, me encaminó hasta topar con la pared y con un acento muy madrileño de barrio me reprochó: “joder, tronco, a mí no me vaciles, ¿vale? Podrás engañar a los demás pero a mí no, eh. No te estás cabreando nada en tu columna, tío, no me vengas con mariconadas, has tardado dos semanas en des-cabrearte”. El equivalente en mexicano, más o menos, sería: “mira, cabrón, a mí no andes chingando con tus mamadas”. Yo le tuve que empujar para que me dejara en paz y al rato se le pasó.

Ese día Juan puso en duda mi capacidad para cabrearme. No le dije nada pero luego, reflexionándolo, pensé que hubiera sido bueno señalarle que si mirara bien, que si leyera con atención, se daría cuenta que muchas veces el cabreo lo llevo por dentro y que no necesariamente se manifiesta a través de la violencia explícita, sino por medio de la ironía, el sarcasmo, el derrotismo o la tristeza. Es decir: el cabreo se encuentra entrelíneas. Síntomas que proceden de manera similar en su música, de hecho.

Días más adelante volvió a cabrearse, ya no por el nombre de mi columna, tema que parecía zanjado, sino porque, ensayando, justo al borde de acabar con su paciencia (soy muy mal intérprete y mi preparación es escasa) me recriminó que no conociese una canción de Johnny Cash, que por lo visto es crucial en la historia del rock. Cuando le confesé que no la conocía, se levantó de la silla plegable donde estaba sentado, la sujetó por encima de su cabeza y la lanzó al fondo del sótano, a centímetros de la cabeza del baterista, mientras gritaba enfurecido “¡cómo coño es posible que no conozcas ‘Folsom Prison Blues’, joder!”. Luego pateó el bombo, rompiéndolo, me señaló y me dijo: “lo que pasa es que tú no eres melómano ni eres nada, tronco”. Se le veía decepcionado por mi ignorancia y defraudado por mi pobre habilidad musical práctica. Durante el resto del ensayo ya no pude volver a conectar con él, me esquivaba la mirada y cuando nos despedimos le noté a años luz de distancia.

Ese día Juan puso en duda mi melomanía. No le dije nada pero luego, cavilándolo, resolví que hubiera sido bueno exponerle que ser melómano no tiene nada que ver con la erudición. Que si no estoy familiarizado con la música de Johnny Cash no es porque no me guste o lo rechace, sino porque, simplemente, su obra aún no me ha llegado, pero que tarde o temprano lo hará seguramente. Que no es una justificación a mi ignorancia, y que si le enumerase la música que aún desconozco (sea consciente o no de ella) se llevaría las manos a la cabeza, alarmado. Que me considero un aprendiz para la vida misma, que he perdido mucho el tiempo en el pasado absorbido por obstáculos personales, y que apenas, desde hace poquísimo, me he preocupado por cultivar mi conocimiento. Que además la melomanía no va por géneros musicales, ni épocas, ni autores; la melomanía es el gusto por la expresión sonora en sí misma, que inclusive a veces he encontrado más placer por los sonidos de la calle, del bosque o del campo, que por los sonidos de las canciones.

En contraparte, también concluí que era injusto que la gente te considerase un ignorante por desconocer aquello que ellos bien conocen. Si mal no recuerdo, fue Albert Einstein el que dijo: “Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”.

De cualquier manera, Juan no tiene ni idead de lo mucho que agradezco su tremenda paciencia conmigo, pero, aún más importante, la amistad, aunque todavía breve, que me ha regalado.

Espero que disfrute mis próximos cabreos en esta columna.

Manifiesto también mi gratitud a ustedes, lectores melómanos, por dejar que comparta mi profunda ignorancia con vosotros.

A aprender, pues.











Juan Rodríguez-Bobito Abascal – La boda de Jorge (Demo)

Juan Rodríguez-Bobito Abascal – Hoy un pájaro voló (Demo)

Johnny Cash – Folsom Prison Blues

jueves, 22 de marzo de 2012

El Melómano Cabreado #9

Entrada para Satélite Media el día 22 de marzo del 2012.

La siniestra y maligna industria que mantengo

Desde Madrid.

Desde que tengo, más o menos, un criterio personal he procurado cultivar amistades con las que tenga afinidad no sólo a nivel personal sino también musical, aspecto que encuentro indispensable. Es decir, no podría mantener una relación de cualquier tipo (excluyendo la laboral porque ahí no te queda de otra) con una persona a la que no le interesase la música. ¿De qué podría hablar, entonces, con ese individuo/a?, ¿qué le podría yo compartir?, ¿él/ella qué me podría aportar?, son preguntas que me planteo, dado el caso.

Pero si de por sí es difícil encontrar personas con las que conectes de una u otra manera, más aún es que te conozcan tal y como eres y que no se te juzgue por una cosa u otra, porque prejuicios hay muchos y poca es la capacidad de empatía por escuchar, comprender y aceptar al otro.

Un ejemplo concreto, en mi caso, es que siempre hay un punto en la conversación, o en la relación que estoy labrando con alguien, en la que tengo que confesar que yo no descargo música. O al menos no la descargo generalmente, porque sí lo he hecho cuando se trata de álbumes o canciones (sobre todo de bandas emergentes) que no se editan de manera física y la única, y repito y subrayo “única”, manera de acceder a ello es a través de la descarga directa, muchas veces disponible en sus propias webs. Considerando que no suelo escuchar muchas bandas emergentes, prácticamente nunca descargo música, ni cine, ni literatura, ni nada. Cuando cerraron Megaupload me dio, básicamente, igual. Esto no quiere decir que yo imponga mi criterio al de los demás, porque la verdad me da lo mismo lo que hagan. Tampoco creo que mi proceder sea superior pero sí que tenga más mérito (aunque eso, en el fondo, no tiene ninguna relevancia): todo mi conocimiento musical (por muy poco o mucho que sea) ha sido fruto de un esfuerzo constante de estudio y reflexión, en el que he tenido que sacrificar parte de mi economía para ello, y no sólo me he limitado a darle click a una página de internet.

Pero, rebobino, no me importa que los demás lo hagan. El problema es que, al parecer, a los demás sí les molesta que yo no haga lo que ellos. Ha sido rara la ocasión en la que he tenido que confesar esta, mi decisión, y que no haya recibido hostilidad como respuesta. Me han dicho de todo: Que cómo es posible que yo, siendo tan melómano, me limite a escuchar la música de los discos que puedo adquirir; que me estoy quedando atrás en la carrera del conocimiento musical por no consagrarme a la descarga gratuita de la red; que cómo puedo consumir de esa manera productos que, a sus ojos, no son nada más que un engranaje capitalista (no obstante, paradójicamente muchos de ellos descargan su música a través de teléfonos móviles y ordenadores de última generación, por ejemplo); o la más alucinante: que por culpa de la gente como yo, la pérfida y macabra industria discográfica sigue haciendo de las suyas, a costa del sufrimiento de los músicos y creadores; etcétera.

Cuando te repiten esto una y otra vez, honestamente se te quitan las ganas de seguir conociendo gente, si de cualquier manera vas a ser sometido a un examen moral, como si tuviera que darle explicaciones a cualquiera, o como si los demás fueran perfectos.

¿Que las grandes casas discográficas son unos cabrones-chupasangres que se aprovechan del talento de sus músicos, y que abusan del marketing de su imagen? Pues no me cabe duda. Pero, ¿qué pasa con todas las demás discográficas? Aquellas pequeñas o independientes, o las que editan flamenco, música clásica, jazz, blues, soul, rancheras, canción de autor, música folklórica-de raíces, etc., ¿esas también sólo y exclusivamente tienen siniestras intenciones consumistas? Pues lo dudo rotundamente. Muchas de ellas estarán, incluso, al borde de los números rojos, pero siguen en su labor por amor al arte. Pero ¡ah, no!, toda la industria discográfica debería colapsar, según ellos, porque lo tienen muy bien merecido. No sé de dónde nace tanto odio y rechazo. Para mí sería un sueño hecho realidad poder involucrarme laboralmente en algún sello e intervenir directamente en la publicación musical.

También he conocido a quienes se exculpan diciendo que ellos como ya han comprado muchos discos en el pasado ya tienen el derecho de descargarse lo que quieran. Yo encuentro este argumento muy irracional porque es como si alguien dijera que como ya ha bebido mucho durante toda su vida, tiene el derecho de robar licor en una licorería, o como si alguien considerara que como ya ha comprado mucha ropa, puede un día entrar en una tienda y llevársela sin pagar. No encuentro diferencia entre esos argumentos.

Me tratan como a quien consideran que está tirando su dinero a la basura. ¿Y cómo hay que gastarlo entonces?, ¿pagando 8 euros por bebida en un fin de semana en algún antro mezquino y miserable; endeudándote hasta el cuello en una hipoteca; gastándolo en viajes por el orbe, pensando que esa es la manera adecuada de conocer el mundo, cuando de hecho el conocimiento más valioso puede ser hallado en nuestro interior, sin salir siquiera de casa; consumiendo artículos inútiles sólo para dar una imagen falsa de ti mismo, buscando la aceptación y la admiración de los demás? Que cada quien alimente sus vicios como quiera, pero que no me vengan diciendo que una cosa es mejor que otra sólo porque es su manera de hacerlo. Parece que me quieren decir literalmente que soy tonto porque pago por algo que se puede robar sin que nadie se dé cuenta.

Podría decir, sin ninguna duda ni vergüenza, que en mi fonoteca está resumida mi vida. Cada disco me recuerda a un momento de mi existencia, o está asociada a un sentimiento o a alguna persona o circunstancia. Cada disco que escucho me hace sentir un poco más realizado. Cuando un amigo me visita o cuando visito a alguien puedo compartir directamente aquello que me apasiona porque tengo mis discos ahí, siempre cerca, porque han sido ellos, en gran parte, quienes me han hecho ser la persona que soy. ¿Quieren tener toda su vida guardada en un armatoste que es del tamaño de una nuez? Pues adelante, pero yo tomaré otra dirección.

Escribo y medito sobre todo esto mientras escucho y me deleito con mi última adquisición hasta el momento: las primeras cinco sinfonías de Franz Joseph Haydn (considerado como el padre de la sinfonía), dirigidas por Roy Goodman, que me están inspirando, junto con la música de Gustav Mahler, en la creación de mis recientes trabajos literarios.

A ratos manoseo el disco, lo abro, repito algún tema, leo el interior del booklet, retengo los colores y las figuras del arte del disco en mi retina, y guardo en mi memoria y en mi corazón las notas que de él salen, porque esa es mi vida y eso es lo que quiero conservar. Otra cosa no me es suficiente.













Franz Joseph Haydn – Symphony No 3 in G major. III. Menuet.

Franz Joseph Haydn – Symphony No 5 in A major. IV. Finale: Presto.

jueves, 15 de marzo de 2012

Bruno Walter. “Gustav Mahler”


Entrada original para Revés el día 15 de marzo del 2012.

Bruno Walter fue un director de orquesta y compositor (aunque más lo primero que lo segundo) que conoció íntimamente a Gustav Mahler desde el año de 1894 (durante el estreno de la primera sinfonía de éste, llamada entonces “Titán”) hasta su muerte 17 años después, en 1911. Bruno Walter escribió este ensayo en 1936 que dividió en dos partes: “Recuerdos” y “Reflexiones”.

En la primera parte son confortables y memorables todas y cada una de las anécdotas que comparte, como su primer encuentro con él en el Festival de la Allgemeiner Deutscher Musikverein en Weimar; su etapa de dos años en Hamburgo donde fue director asistente de Mahler, familiarizándose así de sus ideas y personalidad; su conmovedor y apasionante relato del verano de 1896 como invitado de Gustav Mahler en su casa de Steinbach, un lugar a orillas del lago Attersee en Austria, cuando el compositor se enfrentaba a la creación de su Tercera Sinfonía, en donde emociona imaginar a un Mahler en una de sus fases de plenitud creativa (sobre todo eriza la piel la descripción que inteligentemente construye de Mahler cuando, por fin, se decide a interpretar su nueva obra por primera vez); y por supuesto la década que pasó en Viena colaborando con él como su ayudante en la Ópera de la Corte, periodo que el mismo Walter define como “una especie de festival permanente al que un gran músico [es decir, Mahler] hubiera convidado a sus colegas y al público. Un cúmulo de circunstancias particularmente felices permitió durante diez años a un músico genial, dotado con una voluntad de hierro y apasionadamente consagrado al teatro, tener entre sus manos los inmensos recursos de una soberbia institución, y, para colmo de la suerte, su mandato coincidió justamente con un momento de su existencia en el que estaba en plena posesión de sus facultades y durante un período relativamente tranquilo en el terreno político, lo que le permitía consagrarse más a la vida artística”.

La segunda parte del libro es más técnica y desmiembra progresivamente las distintas facetas de Mahler: El director de ópera, el director de orquesta, el compositor y la personalidad en sí. Una segunda parte igual de disfrutable que la primera pero con un uso de los matices y del lenguaje más enfocado a aquellos lectores con conocimientos musicales teóricos.

El libro se complementa con la reproducción de varias cartas escritas por Bruno Walter dirigidas a distintas personas donde menciona directa o indirectamente al compositor post-romántico, un prólogo de Pierre Boulez, una introducción y (útiles) notas de Georges Liébert, e información sobre recursos fono-bibliográficos sobre la figura excitante e inmensa del siempre inabarcable Gustav Mahler. Un placer.

El Melómano Cabreado #8


Entrada original para Satélite Media el día 15 de marzo del 2012.

Georges Méliès, el melómano

Desde la luna.

Ya en 1902 (hace 110 años, ojo) el francés Georges Méliès (1861-1938), primer gran autor del cinematógrafo, realizó una de las más grandes películas de todos los tiempos: “Le Voyage dans la lune” (“Viaje a la luna”). En ella, seis astronautas viajan, después de una acalorada discusión en una conferencia de astrónomos, a nuestro único satélite natural en un cápsula espacial con la intención de explorarla (desde la “Ilustración”, la posibilidad de alcanzar la luna era un deseo constantemente febril y delirante en la imaginación de todas las mentes despiertas y curiosas). Ahí, los viajeros descubren múltiples maravillas, pero pronto se dan cuenta de que no están solos. Entonces, entre varias desventuras, emprenden el regreso a casa, donde se les recibe como héroes.

Esta historia, de apenas 14 minutos y 12 segundos, basada en los relatos de “De la Tierra a la Luna” de Julio Verne y “Los primeros hombres en la Luna” de Herbert George Wells, se adelantaba casi 70 años al primer viaje real del hombre a la luna en 1969 (mucho mérito también tiene Stanley Kubrick que un año antes, en 1968, publicó “2001: A Space Odyssey”, pero esa ya es otra historia).

Traten de situarse en aquella época y empatizar con el espectador de inicios del siglo XX. Ver algo así por primera vez (es decir, la que se considera como la primera película de ciencia ficción), mediante un invento todavía nuevo que atravesaba por un período aún de prueba y error dominado principalmente por films no tan narrativos, debió de ser una experiencia sublime cercana a la apoteosis cósmica. “¿Cómo es posible?”, se debieron preguntar miles de veces los primeros cinéfilos, pasmados por la extraordinaria sucesión de escenas de esta película.

Pero antes y después de “Viaje a la luna”, el mago Méliès filmó otras películas de carácter narrativo, también muy destacables: “Barbe-bleue” (“Barba Azul”) de 1901, adaptación lóbrega del cuento del mismo nombre; “Le royaume des fées” (“El reino de las hadas”) de 1903, colorido y mágico cuento de aventuras en donde un príncipe rescata a una princesa del cautiverio de una bruja; “À la conquête du pôle” (“A la conquista del polo”) de 1912, donde una vez más adapta otra historia de viajeros inspirada en Julio Verne; etcétera.

No obstante, el prestidigitador Georges Méliès realizó muchísimos films que no tenían una naturaleza narrativa propiamente dicha, considerados como cine de “atracciones” o “fantástico”, con secuencias heredadas directamente del teatro, principal raíz del género. En este tipo de cine lo que prima es lo que hoy conocemos como “efectos especiales”: trucos de montaje, ilusiones y efectos ópticos, juegos de luces, vestuarios y decorados estrambóticos, artilugios mecánicos, el coloreado de cada fotograma (una técnica bellísima que valdría la pena recuperar), etc. Es decir, cualquier manipulación visual a priori o posteriori que buscaba impactar al espectador como si de un hechizo o embrujo se tratase.

De este tipo, memorables son: “Le cauchemar” ("La pesadilla") de 1896, febril pesadilla llena de personajes grotescos; “L'homme à la tête en caoutchouc” ("El hombre de la cabeza de goma") de 1901, donde Méliès infla y desinfla caricaturescamente su propia cabeza; “Le chaudron infernal” (“El caldero infernal”) de 1903, una danza demoniaca en colores; “Les cartes vivantes” (“Las cartas vivas”) de 1904, juego de constantes ilusiones donde las cartas de la baraja cobran vida; “Le roi du maquillage” (“El rey del maquillaje”) de 1904, ejercicio de transformaciones de un dibujo con la cara de un hombre; etcétera.

Pero particularmente, por lo que nos atañe en esta columna, destaco dos trabajos: “L'homme orchestre” (“El hombre orquesta”) de 1900, y “Le mélomane” (“El melómano”) de 1903. En la primera película, de un 1 minuto y 20 segundos de duración, Georges Méliès da a vida de manera simultánea a siete músicos que tocan diferentes instrumentos. El Georges que queda en medio de los siete, con batuta en mano, se levanta por encima de los demás y comienza a dirigir una alocada composición. En la segunda, “El melómano” (¡qué bonito nombre!), pieza que encuentra su origen en un film que el mismo autor realizó cinco años antes (“Un homme de têtes” -"Un hombre de cabezas"- de 1898), Georges Méliès, en espacio de 1 minuto y 52 segundos, escribe de manera muy particular una melodía en una partitura que se encuentra por encima de una banda de músicos. Méliès, director y compositor de esta banda ficticia, arranca sucesivamente la cabeza de su cuerpo para arrojarla a la partitura, convirtiéndose así en una nota. Do-Do-Re-Si-Do-Re son los dos primeros compases y nótese que se utiliza la nomenclatura antigua “Ut” (usada todavía hoy en Francia en alguna notaciones) para referirse a la nota “Do”.

No es ninguna sorpresa que Méliès utilizara motivos musicales para sus trabajos cinematográficos, ya que practicó el piano durante un periodo de su vida, como se puede comprobar en el documental “La magie Méliès” (“La Magia de Méliès) de Jacques Mény.

Otras películas han utilizado la palabra “melómano” en sus títulos (sobre todo cortometrajes) pero casi ninguna tan rescatable, a excepción de “Le chien mélomane” (traducido como “El perro melómano”), corto animado de Paul Grimault de 1973, donde un malvado músico utiliza su violín como arma de guerra, disparando notas disonantes tocadas de manera estridente, mientras su perro sufre por la actitud destructiva de su amo y por las atroces notas que ejecuta para conseguir sus fines.

Curioso es también destacar una producción de los hermanos Lumière de 1898 llamada “Le scieur de bois mélomane” (traducido como “El aserrador melómano”), que es, muy probablemente, la primera película en llevar en su título esa palabra. Se trata de un film de apenas 40 segundos, donde un aserrador corta un leño con una sierra que ha colocado en la parte posterior del trombón que está tocando. Así práctica música a la vez que trabaja.

Hay más títulos pero ninguno como los del autor francés, un verdadero seductor por naturaleza.

¿Cuándo tendremos los melómanos otra película que nos honre y dignifique tanto como las realizadas por Méliès?

Difícil saberlo.













Georges Méliès – El hombre orquesta

Georges Méliès – El melómano

martes, 13 de marzo de 2012

J’aime, Aldo Linares y Souvenir: Fiesta Jabalina

Entrada original para La Factoría el día 13 de marzo del 2012.


Sábado 10 de marzo del 2012. Sala Siroco, Madrid.

Resulta curioso y paradójico que una persona como Aldo Linares termine uno de sus conciertos con una canción que lleve por título “Soy el mejor”. Cualquiera que lo haya tratado alguna vez no podrá negar que este caballero, nacido en Perú pero madrileño de adopción, es un individuo irreprochablemente humilde y generoso. Por lo que, deduzco, se trata tan sólo de una licencia literaria megalomaniaca que Linares utiliza para enfatizar esa figura misteriosa, poética y a ratos solitariamente tímida que ejerce y practica en el escenario. Su sonido, cada vez más depurado y estiloso, gira en torno al synth-pop oscuro de los ochenta. Su porte, influido por los grandes crooners, es sobrio y lacónico. Su puesta en escena, con proyecciones en blanco y negro con trozos de películas a cargo de Nacho R. Piedra, ejerce cierto dulce magnetismo irresistible. Sus colaboradores, en esta presentación en particular, fueron Vadim Tudor (teclados y ordenar), Anna Gross (teclados) y Jou Lagerfeld (ordenador) (¡vaya nombres!). Sus canciones, llenas de “amor y misterio” como el mismo Aldo las define, fueron “Autoadhesivo”, “Deberes y obligaciones”, “Sin disfraz”, “Confederados” (¡temazo!), “Canción de amor industrial”, “Oklahoma Baby” y la ya mencionada al inicio. Una ejecución seria, hierática y un tanto siniestra, en la que los únicos colores que resaltaban a la vista eran los tacones de Anna Gross (rojos) y los calzoncillos de Jou Lagerfeld (violetas), todo lo demás era negro y gris. Ya sólo hace falta que Aldo Linares publique su disco.

Patricia de la Fuente (a propósito, recién embarazada) y Jaime Cristóbal son una pareja de músicos de Pamplona. Juntos hacen Souvenir (con una trayectoria de ya 13 años), pero después de este concierto me da la impresión de que Souvenir es la banda en la que se cumplen los caprichos de ella, y J’aime (proyecto alternativo de Cristóbal, donde también toca de la Fuente, aunque con un papel mucho más discreto) los de él. En J’aime, banda que abrió, circula un aire de música americana, con pellizcos netamente country, como el atuendo que vistió Jaime. El directo era limpio, bien encauzado pero con resultados emocionales modestos. Resulta extrañamente singular que la escucha de J’aime genere más interés en su trabajo de estudio que en directo, pero que, en cambio, la música tecno-pop de Souvenir crezca y brille más en sus conciertos, a comparación de lo que sus fútiles discos ofrecen.

Durante el directo, Patricia de la Fuente se lo pasa pipa: baila, da vueltas, grita, se ríe, se contonea seductoramente, anima al público, raspa el suelo con sus taconazos de aguja y se viste glamurosamente para la ocasión (esta noche llevaba un tocado de pétalos blancos, capa de gasa negra –que la hacía lucir como una especia de heroína pop-, medias negras tupidas y una faja o fajín con lentejuelas; se veía muy guapa). Él también se lo pasa bien pero es menos expresivo, será porque es hombre. Los dos tienen buena y espontánea química en el escenario y se comunican con el público, lo que les hace sentir cercanos. Lo único que me desagradó, aparte de que canten todas sus canciones en francés e inglés sin que aparentemente venga a cuento, fue que (quizá) de la Fuente fue muy persistente para que cantásemos el estribillo durante la interpretación de “Talk to me” (la parte que dice “Let’s save the day, let’s throw the problems away”). Me parece estupendo que quiera animar al público y tener una gran noche, y me parece fantástico que esté contenta, pero coño, que me deje en paz; por otra parte, las cosas forzadas no suelen salir bien. Por lo demás, Souvenir dio un concierto ameno y divertido, organizado por el sello Jabalina, que finalizó con una humilde versión de “Tainted Love”.

J'aime - Combex Doll

Aldo Linares – Confederados

Souvenir – Talk To Me

Los Evangelistas. Homenaje a Enrique Morente

Entrada original para La Factoría el día 13 de marzo del 2012.


Emociona imaginar lo que debieron sentir y lo que ha significado realizar este álbum para Los Evangelistas. Desde la elección de los temas, la adaptación de los cantes, la interpretación de las canciones, y hasta el arte y la maquetación del disco (con un sañudo óleo decorando la portada de Aurora Carbonell, viuda de Morente). J, Florent y Eric Jiménez de Los Planetas, junto a Antonio Arias de Lagartija Nick, formalizaron esta banda a raíz de la cuarta edición de La Noche Blanca del Flamenco celebrada en Córdoba en el verano del 2011, donde se les pidió que homenajearan al recién fallecido cantaor granadino Enrique Morente, expirado en diciembre del 2010, figura clave del flamenco (último gran reformador del género), y un padre y guía espiritual para los ya mencionados, que colaboraron con él, principalmente, en “Omega” (El Europeo/Discos Probeticos, 1996), y en dos discos de Los Planetas: en “Tendrá que haber un camino” del perfecto “La Leyenda del espacio” (RCA/ Sony BMG, 2007) y en “Que me van aniquilando” y “La Pastora Divina” de “Una Ópera Egipcia” (Octubre/Sony Music Entertainment, 2010). El disco fue mezclado y producido por Martin Glover, más conocido como Youth (miembro de Killing Joke y The Fireman), con las acertadas colaboraciones de Soleá Morente, segunda hija de Enrique, en “Yo poeta decadente [Fantasía del cante jondo (tercer movimiento), zambra]” y en “La Estrella”, donde también hace coros Aurora Carbonell. En la afligida “Delante de mi madre” Carmen Linares pone voz y sentimiento y Michael Rendall su harmonium. En “Un sueño viniste” el padre de Antonio Arias (Antonio Arias Romero) pulsa reiteradamente una sutil bandurria extraordinaria, mientras el hijo canta estas líneas: “por amor tuyo, si no me visitara tu imagen nocturna jamás podría conocer el sabor del sueño, lo juro”. De principio a fin “Homenaje a Enrique Morente” no tiene desperdicio. Doce temas oscuros, sentíos, entregados, con un sonido depuradamente espeso, que supera por mucho al recién “Eje de la Tierra” (El Ejército Rojo, 2012) de Grupo De Expertos Solynieve (proyecto secundario de J), al debut de Los Pilotos (El Volcán Música, 2011) (conjunto alternativo de Florent y Banin), al último de Lagartija Nick, “Zona de conflicto” (Chesapik, 2011), e incluso al último álbum de Los Planetas, el ya mencionado “Una Ópera Egipcia”. Soberbio trabajo que remata con este precioso verso: “Si unos ojos te llaman mira primero, donde pones el alma no llores luego”. Olé.


Los Evangelistas – En un sueño viniste

Los Evangelistas – Donde pones el alma

sábado, 10 de marzo de 2012

Aer en Madrid: poético-rumbero

Entrada original para La Factoría el día 10 de marzo del 2012.


Jueves 8 de marzo del 2012, Vadebaco, Madrid.

Aer, proyecto del zaragozano Eduardo Zubiaur (ex líder de El Polaco), presentó en formato acústico su debut discográfico “Recuerdos del futuro” (Chitón, 2012) en el íntimo restaurante madrileño Vadebaco, especializado en vinos, ubicado en la calle Campomanes, muy cerca del Teatro Real.

En un ambiente acogedor y cercano, propiciado seguramente por la asistencia de muchos de los amigos y familiares de los músicos, la pequeña sala de Vadebaco sirvió de plataforma para que Aer, esta vez como trío (Jesús Sancho en el contrabajo, Fernando Pedrajas en la guitarra y el ya mencionado Eduardo Zubiaur en la guitarra y en la voz), interpretasen los once temas que dan cuerpo a su primer álbum. Tocaron además, al principio del concierto, un tema que no se incluye en el disco. La entrada fue gratuita y el concierto se pensó como un trasvase reducido de lo que será su próxima gira por territorio nacional, con la intención de que se corra la voz, abriendo el apetito.

La presentación fue de menos a más y encontró su culminación al final, durante la interpretación de “Coche”, hasta ahora único single. El público, completamente entregado desde el principió, entregó su confianza a los músicos y éstos respondieron en temas como “Todo se puede arreglar”, “Una vida está esperando”, “Sabíais que”, “Aprendiendo latín”, o en “204 años”, donde incluso la cuerda “Mi” aguda de la guitarra de Zubiaur hizo crack. Dio igual, consiguió ejecutar el resto de los temas sin echarla en falta. Su voz, de tesitura medianamente aguda, se mantuvo firme y segura en todas las canciones. Sus letras, poéticas, un tanto surrealistas y crípticas, tergiversaban los significados convencionales. Su música, con influencias del rock británico de los 90 y la rumba española, balanceó cadenciosamente las cabezas del público en algunas canciones. Zubiaur, con experiencia teatral en su curriculum, supo dirigir amenamente la presentación.

Al final terminé con su disco autografiado. Bonita noche.

Aer – Coche

Aer - 204 años

jueves, 8 de marzo de 2012

Los Evangelistas en Madrid: Ecos de dolor

Entrada original para La Factoría el día 8 de marzo del 2012.


Miércoles 7 de marzo del 2012. Colegio Mayor San Juan Evangelista, Madrid.

Como ya hicieran Los Planetas en julio del 2009 cuando lanzaron su recopilatorio “Principios básicos de astronomía”, Los Evangelistas repitieron fórmula y obsequiaron una entrada a los primeros que se hicieran de su “Homenaje a Enrique Morente” el día de su publicación en Fnac Callao el día 21 de febrero.

Se antojaba entonces que fuese un concierto íntimo, con poca gente y cerquita de los músicos.

La sala tiene una capacidad para 485 personas repartidas en filas de butacas a lo largo de dos plantas. Yo me senté en la primera fila. Si uno cerraba los ojos y se dejaba llevar por el canto gregoriano que amenizaba la esperaba, las velas que decoraban el escenario y el fuerte olor a incienso que se desprendía de algún lugar, podrías pensar que estabas en el preludio de una especie de misa o liturgia. Caras conocidas del mundillo musical y cultural se dejaron ver por el concierto, como Ajo Micropoetisa (poeta y músico que parece que no se pierde un evento), Jesús Ordovás (periodista y locutor de radio), David Saavedra (colaborador habitual de Rockdelux) y seguramente otros que no reconocí. Atrás de mí una pandilla de amigos y amigas charlaba alegremente, eran colegas de Ernesto "Eric" Jiménez Linares, batería de Los Planetas, Los Evangelistas, ex de Lagartija Nick, ex de Napoleón Solo, ex de KGB y además el mejor baterista de rock de España; se dice fácil. Uno de esos amigos decía que Eric le había llamado minutos antes para apurarlo ya que comenzarían, según él, a las 21:00 en punto. No obstante, ya pasábamos de la hora como por unos veinte minutos. Por mi experiencia, Los Planetas y compañía nunca han hecho algo puntual en su vida.

Se cierran las puertas, se acerca el momento. Juan Ramón Rodríguez Cervilla, es decir Jota (guitarra y voz), Florentino Muñoz Lozano, Florent para los amigos (guitarra), el ya mencionado Eric, Antonio Arias (guitarra y voz, y líder de Lagartija Nick) y un músico que les acompañaba al teclado entraron al escenario. Aplausos. Atacaron de lleno con el primer track de álbum, “Gloria” (“Señor al que por el amor forzado entiendo, de mi mal hiciste enmienda, nos libre de tu ira y nos defienda). El sonido no era tan exageradamente saturado como algunos conciertos de Los Planetas o de Lagartija Nick y se les veía tranquilos desde el inicio. El segundo tema al hilo, sin pausa entre uno y otro (justo como en el disco), lo ejecutaron con pericia. Era “Decadencia” y sus líneas de contenido desafío (“Todo el mundo me da de lado porque me ven en decadencia, pero yo me he dado cuenta y el mundo no se ha acabado, que puede dar otra vuelta”). Cuando le siguió “Serrana de Pepe de la Matrona” (“Me voy llorando, me voy llorando, a la Sierra Morena me voy llorando”), que por cierto suena estupenda en directo, pensaba que sería ya seguro que “Homenaje a Enrique Morente” se ejecutaría de principio a fin, era lo más lógico, pero me equivoqué. Le siguió un tema que no viene en el álbum que se le conoce como “Pastorcillo” como pude ver al final del concierto en el tracklist que se llevó un chico que estaba al lado de mí. Lamentablemente no recuerdo ni un sólo verso de ese tema pero el contenido musical era oscuro, pausado, espacioso, cercano a la naturaleza del resto de los temas, por lo que no desentonó. Para entonces Antonio Arias se quitó su saco y pudimos observar el decorado de su chaleco con la palabra “Morente” en vertical en el lado derecho y un dibujo del rostro del cantaor en el lado izquierdo. El público estaba sentado, atento, disfrutando de un evento que a priori se presentaba más solemne que desmadroso.

El siguiente tema fue “En un sueño viniste” (“En un sueño viniste a mi cama, parecía que tu suave brazo de almohada me sirvió, parecía que me abrazabas, que sufrimos del amor y el desvelo”), en donde echamos de menos la bandurria que toca Antonio Arias Romero en el disco, padre del líder de Lagartija Nick. Los paulatinos acordes de “Amante” hirvieron poco a poco como una fragancia hipnótica (“Amante, amante, que hasta las pestañas me estorban para mirarte”), hasta que le abrieron paso a las “Alegrías de Enrique”, un tema al que se le distingue notoriamente su influencia flamenca en esos “Tirititrán tran tran” del inicio. La potente y bella “Donde pones el alma” (“Esta noche no me acuesto, la jerga no tiene paja, esta noche duermo en el suelo”) consiguió contagiarle su energía al público. Aplausos. Los músicos salieron del escenario, algunos pensaban que eso sería todo, pero tan sólo era uno de los dos bises de la noche. El sonido había sido aceptable en todos los temas, pero definitivamente no era perfecto. Le hacía falta un bajista de verdad (¿¡cómo es posible que no invitasen a nadie!?) y que la ecualización de los instrumentos estuviese más depurada. Ya antes había experimentado esta sensación escuchando a Los Planetas: no sé por qué, pero no consiguen defender sus directos a la altura del nivel con la que graban sus espléndidos álbumes, una verdadera pena.

La segunda parte del directo fue aún mejor que la primera, más emotiva y emocionante porque contó con dos invitadas de lujo que ya habían dejado su voz en el disco: Carmen Linares en “Delante de mi madre” (“Delante de mi madre no me digas ná, porque me habla mu malamente cuando tú no estás”) levantó “bravos” y atronadores aplausos, alborozo que sólo fue superado con la aparición de la segunda hija de Enrique Morente, Soleá, interpretando dos de los temas más tristes y dolorosos del LP, “Yo poeta decadente [Fantasía del cante jondo (tercer movimiento), zambra]” (“Yo, poeta decadente, español del siglo veinte, que los toros he elogiado, las golfas y el aguardiente y la noche de Madrid”), y “La Estrella” (“Si yo encontrara la estrella que me guiara, yo la metería muy dentro de mi pecho y la venerara, si encontrara la estrella que en el camino me alumbrara”). Temas profundos que calaron en los sentimientos de los músicos y del público y que sin duda fueron lo mejor de la noche. Salieron de nuevo del escenario y con el público ya acalorado regresaron sólo para interpretar un tema más: “El Loco” (“Aquel al que le pareciera que mis penas no eran ná, siquiera por un momento que se ponga en mi lugar”), una de las canciones más accesibles del disco por su textura y progresión tan rematadamente planetera. Gran final.

No sé por qué motivo no tocaron “Encima de las corrientes” a pesar de que estaba incluida en el tracklist que miré al final.

El público se sentía satisfecho y descargado, como si hubiésemos pasado a través de una terapia, porque quizá sí realmente estuvimos en una.

En el lobby vendían los libros en recuerdo y homenaje a Enrique Morente que editó la revista cordobesa Boronía y la gente se saludaba y conversaba alegremente. Yo me fui en silencio, sin perturbar la atmósfera ni trastornar mis impresiones, no merecía la pena hacerlo después de haber escuchado esos ecos de dolor.

Morente, tus discípulos te honran.


Los Evangelistas - Serrana de Pepe de La Matrona


Los Evangelistas - Alegrías de Enrique

Fotos: Francisco Negrete Mendoza.

Retoques: Estrella Checa Ruiz y Luna Vélez Checa.

El Melómano Cabreado #7

Entrada original para Satélite Media el día 8 de marzo del 2012.


Favor de no asaltar al pinchadiscos

30 de diciembre del 2011. Morelia, Michoacán, México.

Iba caminando por el boulevard Sansón Flores con una carpeta llena de discos copiados de mi fonoteca particular en una mano y una botella de agua en la otra, apenas había entrado la noche. Me acompañaba Édgar, uno de mis mejores amigos, que no veía desde hacía unos tres años y medio. Un día antes, en el bar Cáctux del centro de Morelia, me había encontrado a Salvador Munguía, locutor del ya longevo programa de radio “Los clásicos del Rock” y DJ residente del bar Limbo del boulevard García de León, hacia donde me dirigía ahora. En el Cáctux, Salvador y yo nos saludamos efusivamente y charlamos animados. Hablamos sobre nuestro presente, que él era padre recientemente y que le habían dado una paliza hace poco una noche que salió de fiesta y que, borracho como iba, se quedaba dormido en cada semáforo en rojo al regresar a casa. De una de esas pequeñas siestas lo despertó un coche que estaba al lado, sus tripulantes le pitaron y le gritaron “que no se durmiera”, a la vez que reían grotescamente. Al instante, Salvador supuso que aquello podría ir mal y aceleró pero fue perseguido. La huída terminó mal cuando “Chava” se estrelló y los agresores, que iban en un taxi, le golpearon brutalmente y le dejaron sin dinero y otras pertenencias. Me dijo que estuvo con collarín varios días y que a veces, cuando regresaba a su domicilio por las noches, se encontraba intranquilo.

Esa noche en el Cáctux bebimos mezcal por lo que nuestros sentimientos, relatos y evocaciones eran más eufóricos que de costumbre. Recordamos también el pasado, cuando él y Francisco Valenzuela, editor de la mejor revista de contracultura moreliana, Revés, decidieron hacer las Europas. Me visitaron en Madrid, cuando yo llevaba ahí ya casi dos años. Les recibí en mi casa y nos la pasamos de puta madre esos días, a pesar de que nuestra economía era tan penosa que a veces ni siquiera nos podíamos emborrachar o comer a gusto.

Con ayuda de ellos pude estrenarme como pinchadiscos en el Limbo a tan sólo unas semanas de mi llegada a Morelia (estaba ahí porque mi hermana se casaba y el compromiso era ineludible), y esa noche en el Cáctux Salvador me invitaba de nuevo justo al día siguiente a los platos para que amenizara la noche. Acepté, a pesar de que la primera vez fue una experiencia agridulce porque no me sentí del todo cómodo con la acogida que estaba recibiendo la música que estaba pinchando, y porque además mi hermano menor me confesó, en un momento de descanso, al calor febril de las cervezas que nos estábamos bebiendo, que se sentía a menudo triste porque no conservaba en su memoria ni un sólo recuerdo de nuestros padres juntos. Eso me desarmó, claro, y supe al instante que tenía que sacar a mi hermano del bar lo antes posible porque se estaba viniendo emocionalmente abajo.

Dije que sí porque me apetecía mucho pinchar lo máximo que pudiera, lo estaba deseando desde hace mucho; además el equipo del bar sonaba bastante bien y era un placer escuchar música a ese volumen.

Por eso iba con mi amigo Édgar hacia el Limbo, con ánimo divertido y naturalmente estrambótico. Ya a unas cuadras antes de llegar al bar presenciamos un mal presagio: el asa de la carpeta de los discos se deshilachó y fue a dar contra el suelo. La sostuve contra mi pecho el resto del camino.

En el bar nos encontramos con algunos amigos y conocidos típicos de la noche moreliana. Yo me acerqué a los platos y comencé a pinchar temas medianamente suaves y delicados al principio, y después más alocados y jaraneros. Al poco rato llegó mi hermano menor, Salvador Munguía, y Cecilia Díaz, amiga y mánager de la mejor banda actual de Morelia, Bufó-Bufó, que capitanea mi compadre Abidan Salinas, colaborador también de Satélite Media.

Me sentía mucho mejor esta segunda vez que la primera y eso se notaba, mis cambios entre canción y canción eran más certeros y seguros y mis elecciones más apropiadas de acuerdo a su progresión. Pinché, entre tantos otros, temas de Aldemaro Romero y Monna Bell, Parade, Opotopo, Los Pilotos, Marvin Gaye, Pet Shop Boys, Alaska y Dinarama, Prince, Carlos Berlanga, Tarántula, Centro-Matic, Radiohead, temas de bandas morelianas (¡hay que pinchar y valorar nuestros talentos, joder!) como los ya mencionados Bufó-Bufó y Roma Transtorner. Éstos últimos se encontraban ahí en el bar y se sorprendieron muchísimo al escuchar, de repente y sin previo aviso, uno de sus temas. Me preguntaron emocionados que dónde había conseguido el disco y me invitaron a una borrachera organizada por ellos días después pero tuve que rechazarla porque para entonces ya me encontraría de nuevo en Madrid. Uno de ellos me dio su e-mail pero lo perdí, desafortunadamente.

Pinché también el tema original del opening clásico de la serie animada Los Caballeros del Zodiaco y ha sido, hasta ahora, la canción más celebrada que he pinchado. Varios grupos en el bar cantaron a coro los versos del tema enfebrecidos (“Caballeros del Zodiaco contra las fuerzas demoníacas, guardan siempre en su corazón coraje para vencer”) y al final aplaudieron extasiados. Todo un acontecimiento, no daba crédito.

Cuando echaron el cierre del bar, recogí mis cosas, me alisté, y ya un poco ebrio me despedí y emprendí el regreso a casa con Édgar, que había estado ligando toda la noche con una chica, y con Cecilia (mi hermano se había ido antes porque ninguno de sus amigos se apareció por el Limbo).

Estábamos contentos porque la “actuación” había salido relativamente bien y nos dirigíamos andando hacia la casa de mi madre, no muy lejos de ahí, a unos quince minutos de distancia, lugar donde Édgar y yo pasaríamos la noche y donde pediríamos un taxi para Cecilia.

En el camino por el boulevard García de León, Édgar se empeñó en que él llevaría la carpeta con los discos. “Seré el guardián de tu música”, me dijo. Cruzamos el boulevard al lado de los números pares (el Limbo es el 1341), caminando en contra de los coches, y apenas al recorrer unas cinco cuadras un taxi, de la compañía Taximich, nos embistió bruscamente. Yo tenía el cofre de frente, por lo que pude haber sido arrollado de pleno si el taxi no se hubiese detenido a tiempo.

Entonces, como un relámpago, ocurrió todo: del lado del copiloto salió un hombre más alto y fornido que cualquiera de nosotros, señalando a Édgar y acercándose peligrosamente a él. Lo agarró por el cuello mientras Édgar forcejeaba y se quejaba. Cecilia, asustada, no sabía qué hacer y lo único que alcanzaba a articular eran suaves alaridos de terror y confusión. El bravucón intentaba subir a Édgar al taxi pero éste, en un atisbo de habilidad y suerte, cerró de un portazo la puerta. Fue en ese momento cuando yo salí de mi embeleso y me acerqué para agredir al tipo. Difícilmente le di apenas un empujón, que sin embargo fue suficiente para que Édgar aprovechara el momento de caos y se lograra zafar, quitándose el abrigo, al tiempo que daba un codazo. Yo grité entonces “¡vámonos!”, Édgar comenzó a alejarse, el tipo estiró sus brazos pero tan sólo pudo arrebatarle la carpeta de discos. Fugazmente se subió al taxi de nuevo y salieron rápidamente por una lateral. Nosotros cruzamos el boulevard y nos refugiamos en el Tacópolis, que estaba abierto pero con pocos clientes. Observamos entonces que, del otro lado de la calle, el taxi regresaba al boulevard y aparcó cerca de una discoteca. Nos estaban esperando. Confundidos, terminamos por llamar a la policía, con pocas esperanzas puestas de mi parte. Después de largos casi veinte minutos llegó una patrulla con dos somnolientos policías que escucharon nuestras descripciones y le señalamos el taxi que permanecía todavía ahí, a la espera.

Nos acercamos a él, pero el tipo que nos había agredido ya no estaba, probablemente había huido con nuestras cosas. Sólo estaba el conductor, que tenía muchas multas sin pagar, según los datos de los policías. El taxi no llevaba placas y sus vidrios eran polarizados. Como no estaban ya nuestras cosas no pudimos comprobar nada y como la policía mexicana no se esfuerza mucho no quisieron hacer nada más, alegando que aquellas infracciones (los vidrios, las multas, las placas) no les correspondían a ellos, sino al Departamento de Tránsito. Hazme el chingado favor. Cecilia todavía tenía ánimos de debatir pero los policías no y literalmente nos soltaron algunas perlas como: “Uy, señorita, a esta hora de la noche hay un montón de taxis sin placas porque son taxis ilegales, esto es normal”. Increíble es poco. Ya sin ganas de nada nos despidieron los policías sin hacerle absolutamente nada al taxi y nosotros volvimos a cruzar el boulevard, esperamos un rato prudencial, nos subimos a otro taxi (es que ya no se puede confiar en nadie, qué mierda) y pasamos el resto de la noche en casa de mi madre, comiendo quesadillas y comentando el altercado. Aquello no había sido un asalto sino un intento de secuestro, que es aún mucho peor.

Era raro en cierta medida porque no estábamos asustados ni escandalizados, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Al final, como buenos mexicanos, banalizamos la situación y bromeamos sobre el tema: “Qué tal si esos tipos se convierten en grandes melómanos por tu culpa, qué tal si les has descubierto la música, todo un mundo nuevo”, exponía Édgar. “Uno de ellos entonces se convertirá en DJ Rata, y le quitará el puesto a Salvador y a mí”, respondía yo. Cecilia quería que pusiéramos una denuncia, pero yo rechacé la propuesta porque me quedaban pocos días en México y no quería perder el tiempo en eso, Édgar saldría pronto de la ciudad también y dudo que Cecilia lo hubiese hecho al final. Da igual, no hubiésemos conseguido nada…

¿Ahora comprenden lo que quiero decir cuando digo que los pinchadiscos y los melómanos no conocemos otra cosa en nuestras vidas mas que el sufrimiento y la pesadumbre?












Los Caballeros del Zodiaco – Opening

jueves, 1 de marzo de 2012

El Melómano Cabreado #6

Entrada original para Satélite Media el día 1 de marzo del 2012.


Favor de no disparar sobre el pinchadiscos.

Desde Madrid.

Este pasado domingo 26 de febrero fue mi debut “oficial” como pinchadiscos en España (en Morelia lo había hecho ya tan sólo un par de veces en el Bar Limbo del Boulevard en esta época de fin de año reciente, acontecimiento y anécdota que bien podría merecer otra columna). Fue en el Bar El Mojito, en el barrio de Lavapiés, en una sesión organizada por Pablo Araoz, mandamás del ya cerrado (snif, snif…) bar La Violeta, que por ahora mantiene y cultiva un proyecto itinerante llamado “La Violeta Ambulante”.

De muy buena gana acepté la invitación, ¡cómo no!, si todos los que fuimos parte de alguna manera en La Violeta somos como una gran familia y el mínimo pretexto sirve para volver a juntarnos. Me dejarían usar el equipo del bar, donde usualmente pincha Daniela Valdez (a.k.a. Lady Spiral, jefa del bar también cerrado Espiral Pop) y ocasionalmente Aldo Linares. Además, claro, estaba deseando intensamente pinchar en Madrid e inaugurar así una ¿carrera? El único problema era que de antemano sabía de las complicaciones técnicas del lugar: es un bar muy pequeño, el sonido no es muy eficiente y no estaba familiarizado con las posibilidades y limitaciones de la consola.

Aunque, la verdad, tampoco era para tomárselo tan en serio, pero cuando se trata de música no me lo puedo tomar de otra manera. Me preparé días antes una sesión de casi cinco horas de duración (74 canciones en total), en la que desarrollaba, de menos a más, una construcción musical paulatinamente progresiva en cuanto a su ritmo, intensidad y/o expresividad. La mayoría de la gente (y quizá algunos pinchadiscos también) creerán que pinchar música es simplemente colocar una canción detrás de otra, más o menos compatibles. Esto es una visión aceptable, sí, pero lineal y estrecha. Creo que todo debe de tener un proceso, una dirección, una evolución. Como la vida misma en realidad, porque si no le das un significado a lo que haces y a cómo lo haces, entonces seguramente no valdrá la pena nada de lo que realizas, es decir, tu vida carecerá de absoluto valor. Aunque claro, todo esto pensado desde la consciencia de que la existencia del hombre y la naturaleza en sí no tiene sentido… Es complicado, lo sé.

En fin. Enfermo de tos y todo, el domingo comencé a pinchar sobre las tres y media de la tarde en El Mojito sabiendo que aquello iba a ser más un aprendizaje técnico e interior que una fiesta exterior. La columna vertebral (el 90%) de lo que elegí para pinchar fueron temas extraídos de los discos que he escuchado a lo largo de este último año, música que tengo fresca en la cabeza. Así, pues, lo primero que puse fueron tres temas de Camarón de la Isla, luego uno de Los Panchos, The Platters, y aquí muté al jazz con George Benson, Baxtaló Drom, Luis Alberto Spinetta y una del último de Paul McCartney (Kisses on the bottom). Toda esta parte se escuchó relativamente bien porque casi no había nadie en el bar. De ahí en adelante se me complicaron sonoramente las cosas porque empezó a circular gente. ¡Qué bien para el bar pero qué mal para la música que apenas se oía! En ocasiones lo único que podía hacer para rescatar una canción era destacar el bajo al máximo, pero fue ahí cuando me ordenaron bajar el volumen porque la vecina del piso de arriba del bar ya se había quejado alguna vez anterior. ¡Uff, qué peliagudo transmitir aquello que deseas condicionado por tantas dificultades! Recuerdo que, cuando ya estaba pinchando la fase de rock, la canción “Surfin’ Bird” de The Trashmen apenas se notaba en un ligero murmullo al final del todo. ¡Una canción tan alocada no se distinguía en absoluto! Ahí fue cuando lo comprendí: ¡estaba asesinando a la música, sepultándola bajo un bloque pesadísimo de carcajadas, voces y gritos! Del cabreo pasé a la tristeza y de la tristeza a la resignación y de la resignación a la aceptación. Ahí decidí seguir pinchando con los auriculares puestos, dándole importancia a algo que estaba construyendo y que sólo yo podía escuchar y apreciar.

De cualquier manera, mi sesión no creo que fuese nada habitual. Al menos yo nunca he escuchado alguien que intente encajar tantos géneros en una sola tarde. Es arriesgado, ambicioso y quizá insolente, lo sé. Pero mi teoría es que se puede pinchar cualquier expresión sonora siempre y cuando encuentre su sentido y su lugar, como ya he querido hacerme entender antes.

Al final, sobre las ocho de la tarde, terminé la sesión con unas seguidillas llamadas “Al pie de tu ventana” de la zarzuela La Revoltosa de Ruperto Chapí, que por supuesto pasó desapercibida, engullida por el alborozo general. Me tomé tranquilamente el vino que tenía, me despedí y me fui a casa con mi chica, cansado y un tanto triste, con la certeza de que le había hecho algo terrible a la música (no obstante, de cualquier manera fue un tarde-noche bonita y además prácticamente ninguno de mis amigos vino a escucharme).

Al día siguiente me vi con dos personas con las que apenas comienzo a construir una amistad, pero a quienes ya estimo mucho, en el Auditorio 400 del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, donde se interpreta música clásica contemporánea a lo largo del año. ¿Se imaginan pinchar esta clase de música? Pues no es por presumir, pero yo conseguí encajar un fragmento (un minuto aproximadamente, de 6:30 a 7:30) del “Helikopter-Streichquarttet” de Karlheinz Stockhausen al final de “DB” de Los Planetas y al principio de “La carretera” de Julio Iglesias. Así como lo leen. ¿Y saben qué?, no quedó mal.













Los Planetas – Db.

Karlheinz Stockhausen – Helikopter-Streichquartett

Julio Iglesias – La Carretera.