
En Madrid he encontrado un búnker. Un recinto donde refugiarse del bombardeo agobiante del mundo externo; un sitio ajeno a la monotonía y al cansancio mundano del día a día de la ciudad. Un oasis a mi rutina.
Se trata de un muy bien proporcionado sótano que se ha ido adecuando poco a poco hasta convertirse en un local de ensayo, ubicado en el distrito de Tetuán, en el barrio de Cuatro Caminos, al norte de la capital. Los regentes del lugar son Juan, un madrileño creativo e inquieto, treintañero, que ya mencioné de pasada en una columna anterior, y su chica, Milca, una aguda chilena-española de mucho carácter.
El sótano está bien equipado: batería, bajo, guitarras (eléctricas, acústicas y electroacústicas), amplificadores, ecualizadores, pedales, micrófonos, un par de armónicas, un ukulele decorado con un dibujo de Bob Esponja (sic), un pequeño teclado que se puede conectar al ordenador, y varios tipos de accesorios.
Las paredes del ensayo están cubiertas con varios afiches: desde el imprescindible Elvis, hasta Gene Simmons de Kiss, pasando por una ilustración de Paul McCartney con peinado punk, una bandera del Colo-Colo, un póster del Atlético de Madrid campeón, una fotografía de Julio Iglesias con su familia, carteles de manifestaciones y protestas que ha habido en Madrid, unos hologramas estereoscópicos de tigres que no sé muy bien qué hacen ahí, etcétera. También se pueden ver un par de cuadros pintados por Milca.
Sofás y sillas se entornan alrededor de una desequilibrada mesita atiborrada de ceniceros, y resulta difícil encontrar algo que no sea cerveza Mahou de litro en el refrigerador. El baño, justo al lado del local, parece que sólo es usado por los visitantes del sótano. En resumen: se trata de un sitio ideal para estar, ustedes me entienden.
En él ensayan de manera irregular los Vampirozombies, conjunto de rockabilly, liderados por Juan, por supuesto.
Actualmente, a Juan se le reconoce por una pinta específica: estila bigote como si fuese un antiguo domador de leones, peina cabello largo negro y viste del mismo color, como los heavys.
Cualquiera que lo viese y no lo conociese diría que sólo escucha música pesada. Pero esto sería un error. De hecho, la composición musical más personal de Juan contrarresta en cierta medida su imagen. Sus grabaciones, demos de canciones realizadas hace ya algunos años, exhiben a un chico sensible y vulnerable, lleno de amores frustrados y pensamientos un tanto oscuros, cínico y fantasioso, teatrero y dramático, más cercano a la decepción y a la autocompasión que a la esperanza o el optimismo, y que practica con acierto un humor retorcido y cruel, todo ello maquetado muchas veces dentro de márgenes amables, armoniosos, acogedores y entrañables. Su música me recuerda a autores que me gustan mucho como Los Beatles (Juan más inclinado del lado lennoniano, que yo del mccartniano), Los Planetas o Albert Plá. Algunas de sus canciones me cautivan arrebatadoramente o me enternecen al borde de la lágrima. Me extraña que, aparentemente, Juan no tenga mucho interés por publicar algún día esas melodías, grabándolas en un estudio de verdad, cuidando los detalles y confeccionándolas en un formato físico. En ese sentido, yo procuro, y procuraré, convencerle y animarle para que lo haga, porque si nunca llega a concretizarlo sería una verdadera pena, al menos para mí. Es por eso que le he pedido que me enseñe los acordes y cadencias de su música.
Por otro lado, me consta que Juan es un seguidor de esta columna porque siempre que nos vemos, un día a la semana más o menos, me reclama lo mismo: que no me cabreo lo suficiente en mi columna de El Melómano Cabreado y que, por lo tanto, es una incongruencia llamarla así. Incluso, en una ocasión, nada más saludarlo en el sótano, antes siquiera de que me dijese cualquier cosa, me agarró por el cuello de la camisa, me encaminó hasta topar con la pared y con un acento muy madrileño de barrio me reprochó: “joder, tronco, a mí no me vaciles, ¿vale? Podrás engañar a los demás pero a mí no, eh. No te estás cabreando nada en tu columna, tío, no me vengas con mariconadas, has tardado dos semanas en des-cabrearte”. El equivalente en mexicano, más o menos, sería: “mira, cabrón, a mí no andes chingando con tus mamadas”. Yo le tuve que empujar para que me dejara en paz y al rato se le pasó.
Ese día Juan puso en duda mi capacidad para cabrearme. No le dije nada pero luego, reflexionándolo, pensé que hubiera sido bueno señalarle que si mirara bien, que si leyera con atención, se daría cuenta que muchas veces el cabreo lo llevo por dentro y que no necesariamente se manifiesta a través de la violencia explícita, sino por medio de la ironía, el sarcasmo, el derrotismo o la tristeza. Es decir: el cabreo se encuentra entrelíneas. Síntomas que proceden de manera similar en su música, de hecho.
Días más adelante volvió a cabrearse, ya no por el nombre de mi columna, tema que parecía zanjado, sino porque, ensayando, justo al borde de acabar con su paciencia (soy muy mal intérprete y mi preparación es escasa) me recriminó que no conociese una canción de Johnny Cash, que por lo visto es crucial en la historia del rock. Cuando le confesé que no la conocía, se levantó de la silla plegable donde estaba sentado, la sujetó por encima de su cabeza y la lanzó al fondo del sótano, a centímetros de la cabeza del baterista, mientras gritaba enfurecido “¡cómo coño es posible que no conozcas ‘Folsom Prison Blues’, joder!”. Luego pateó el bombo, rompiéndolo, me señaló y me dijo: “lo que pasa es que tú no eres melómano ni eres nada, tronco”. Se le veía decepcionado por mi ignorancia y defraudado por mi pobre habilidad musical práctica. Durante el resto del ensayo ya no pude volver a conectar con él, me esquivaba la mirada y cuando nos despedimos le noté a años luz de distancia.
Ese día Juan puso en duda mi melomanía. No le dije nada pero luego, cavilándolo, resolví que hubiera sido bueno exponerle que ser melómano no tiene nada que ver con la erudición. Que si no estoy familiarizado con la música de Johnny Cash no es porque no me guste o lo rechace, sino porque, simplemente, su obra aún no me ha llegado, pero que tarde o temprano lo hará seguramente. Que no es una justificación a mi ignorancia, y que si le enumerase la música que aún desconozco (sea consciente o no de ella) se llevaría las manos a la cabeza, alarmado. Que me considero un aprendiz para la vida misma, que he perdido mucho el tiempo en el pasado absorbido por obstáculos personales, y que apenas, desde hace poquísimo, me he preocupado por cultivar mi conocimiento. Que además la melomanía no va por géneros musicales, ni épocas, ni autores; la melomanía es el gusto por la expresión sonora en sí misma, que inclusive a veces he encontrado más placer por los sonidos de la calle, del bosque o del campo, que por los sonidos de las canciones.
En contraparte, también concluí que era injusto que la gente te considerase un ignorante por desconocer aquello que ellos bien conocen. Si mal no recuerdo, fue Albert Einstein el que dijo: “Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”.
De cualquier manera, Juan no tiene ni idead de lo mucho que agradezco su tremenda paciencia conmigo, pero, aún más importante, la amistad, aunque todavía breve, que me ha regalado.
Espero que disfrute mis próximos cabreos en esta columna.
Manifiesto también mi gratitud a ustedes, lectores melómanos, por dejar que comparta mi profunda ignorancia con vosotros.
A aprender, pues.

Juan Rodríguez-Bobito Abascal – La boda de Jorge (Demo)
Juan Rodríguez-Bobito Abascal – Hoy un pájaro voló (Demo)
Johnny Cash – Folsom Prison Blues














