Cuando se encuentra la canción perfecta… no tiene nombre.
Desde Madrid.
Hace ya unos años, un amigo mexicano, de Xalapa Veracruz, estuvo una temporada estudiando en Madrid. Él, sabiendo que no volvería a Europa en mucho tiempo, decidió viajar todo lo posible hasta donde su bolsillo le alcanzara. Uno de sus tantos destinos fue Marruecos. Al volver regresó todo barbudo, como si en vez de haber ido temporalmente a otro país hubiese naufragado y sobrevivido por años en una isla. Generoso como es, trajo algunos obsequios a los amigos. A mí me dio un tambor africano y un CD.
El disco en sí daba poca información. Inspeccionándolo en el momento sólo podía saber el título, “World of Gnawa”, observar su portada sencilla, de fondo azul y con unos músicos africanos tocando de pie, y como si fuera parte de una colección se especificaba que era el CD 2, aunque sólo había uno. En la contraportada no se ennumeraban los nombres de las canciones ni el crédito de los músicos ni nada, y en el booklet lo mismo, no había información adicional ni imágenes. Ni siquiera se podía saber si aquello era original o no.
De cualquier manera, le agradecí los regalos a mi amigo y ya en casa dejé el disco sobre una pila de “pendientes a escuchar”.
Confieso que tardé no sólo semanas, ni meses, sino años en escucharlo, cuando ya mi amigo llevaba mucho tiempo de vuelta en México. No fue por nada en concreto, es algo que me suele ocurrir. Cada disco tiene su momento particular y por eso es conveniente saber esperar hasta que la obra te reclama la atención que merece. A inicios de este año sostuve el disco entre mis manos, lo observé y supe que era ahora y no antes ni después. Escuchándolo me sorprendí muchísimo. Cada canción era una joya en sí misma. Parecía emanar de ella un sonido lleno de sabiduría, milenario, hipnótico, onírico, virtuoso y de alguna manera milagroso, como si fuera música que no perteneciese a este tiempo ni a este espacio. Como si tuviese una conexión directa a la naturaleza más primitiva del hombre.
Sobre todo me cautivó el track número cuatro no sólo porque conseguía captar estas sensaciones de las que escribo, sino que también combinaba elementos “modernos” en la manera de ejecutar la pieza y en la instrumentación. El resultado de aquello me parecía sublime, perfecto. Producía en mí un estado de bienestar que sólo lo consiguen muy pocas obras de arte y, por supuesto, muy pocos momentos en la vida. Un estado de felicidad. Como si aquello cobrase vida de pronto y se levantase ante ti un gigantesco monumento a la humanidad y después, al acabarse el disco y al pasar las horas y los días, resonase en tu pecho todavía el eco de aquella música tan especial y, sin embargo, tan desconocida.
No podía saber ni quiénes eran los músicos ni el título de ninguna canción. Investigando en internet he encontrado poca información y la que he encontrado no corresponde al disco que yo tengo, lo que me hace sospechar que probablemente ni siquiera el CD y la portada tengan nada que ver, que quizá sean dos cosas distintas. El iTunes me buscó automáticamente el nombre de las canciones, algo que suele hacer con todos los discos, y me arrojó unos títulos que he tratado de localizar en la red pero de los que no he encontrado ni rastro. He intentado con esos programas y aplicaciones que te identifican el título y el autor de lo que está sonando pero no me reconoce ni un solo tema del disco. Es una pena no saber prácticamente nada sobre esta maravillosa música.
Es para cabrearse, incluso, porque paso muchas horas de mi vida buscando música estimulante, buceando entre los infinitos océanos de este arte, encontrando la mayoría de las veces basura de usar y tirar, mediatizada por los medios y sobrevalorada por la audiencia en general, para por fin descubrir algo que brilla intensamente, una perla que se diferencia tangencialmente de las imitaciones y de los pedruscos opacos carentes de interés, pero de la que que no se sabe ni cuándo ni dónde ni cómo ni quién. Encima, los dos últimos tracks están mal grabados y no se consigue apreciar gran parte de los temas.
En fin, que la vida de los melómanos es dura y muchas veces verdaderamente sufrida.
No sé si me comprenden…
(Gracias a Luis Arturo Gayosso por este disco)


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