jueves, 5 de abril de 2012

El Melómano Cabreado #11

Entrada original para Satélite Media el día 5 de abril del 2012.

La vida cultural (de un alumno del Conservatorio) de Morelia

Llevaba ya muchísimo tiempo que no asistía a un concierto de canto. Era para piano (Miquel Estelrich Serralta) y mezzosoprano (María José Montiel) en la Fundación Juan March de Madrid, el día 2 de abril, cerrando un ciclo de conciertos llamado “Turina en París”, en homenaje a Joaquín Turina Pérez (1882-1949), compositor sevillano, que vivió en la capital francesa y luego en Madrid, donde murió. El repertorio del concierto combinaba piezas de este compositor con otros, contemporáneos suyos, que también tuvieron alguna relación con París: Camille Saint-Saëns, Erik Satie, Maurice Ravel, Claude Debussy, Jules Massenet, Gabriel Fauré, entre otros.

Nada más empezar la primera pieza del concierto, instantáneamente, evoqué mis días en el Conservatorio de las Rosas. En aquella época asistía a casi todos los conciertos que tenían lugar en mi ciudad natal, Morelia, Michoacán. De hecho, el proceder habitual del día a día de un alumno promedio del Conservatorio consiste, más o menos, en ir a clases temprano por la mañana (de las 8 a las 13 horas, por ejemplo), comer al mediodía (ya sea por las cercanías del instituto si se vive lejos del centro, o ir a casa y volver), por la tarde seguir estudiando por cuenta propia si es que se encontraba alguna aula vacía o tener que esperar a que se desocupara una (estudiar ya fuera una partitura para tu instrumento, composición -como en mi caso-, solfeo, el Modus Novus o el Modus Vetus –los libros del aprendizaje musical básico por excelencia-, cualquier ejercicio que estuvieses practicando, etcétera), y por la noche asistir a un concierto, ya sea en el mismo Conservatorio (en la sala Niños Cantores), en el Teatro Melchor Ocampo, en la Casa de la Cultura, en el Teatro Morelos (especialmente durante el Festival Internacional de Música “Miguel Bernal Jiménez”), en la Catedral (particularmente en el Festival Internacional de Órgano “Alfonso Vega Nuñez”), en la sala Silvestre Revueltas de la Escuela Popular de Bellas Artes, en el Palacio de Gobierno (sobre todo los conciertos de más postín), en el Centro Cultural Universitario, y en otras salas y lugares que ya se me están olvidando. Había quienes pedían permiso para quedarse por la noche estudiando dentro del Conservatorio, pero eran los menos (seguramente los que sí están triunfando en la música por su perseverancia y disciplina, no lo sé). Los demás nos íbamos a los conciertos, donde te encontrabas a todos los colegas y conocidos, y cuando no había ganas o no estaba programado ningún concierto en la agenda te tomabas unas cervezas en el Jardín de las Rosas, en los portales frente a la Catedral, o en cualquier barecillo de por ahí, aunque éstos hay pocos y la mayoría son aburridos y convencionales y varios cierran temprano. Algunos conciertos eran gratuitos para el público en general, otros sólo para los alumnos del Conservatorio, y algunos ni una cosa ni la otra, pero al final conseguíamos colarnos a todos porque los organizadores de los eventos eran especialmente indulgentes con los jóvenes alumnos del Conservatorio de las Rosas, que no eran otra cosa que las eternas promesas de la música moreliana y los supuestos próximos grandes intérpretes del país. Por lo que rara vez pagué por entrar a algún concierto en Morelia y cuando lo hice fue con al menos el 50% de descuento sólo por enseñar mi carnet del Conservatorio. ¡Qué días aquellos, por las barbas de Zeus! Podría pasar días y noches contando anécdotas de entonces.

Por mi parte, también me aparecía en presentaciones de libros, inauguraciones de exposiciones, en funciones de teatro, en performances por la calle, en festivales y ciclos de cine, y en eventos culturales de todo tipo (¡el Festival Internacional de Títeres es maravilloso!).

En ese sentido, la ciudad de Morelia, a pesar de su pequeño tamaño y de que su población no destaca particularmente por su civilidad y cultura, ofrece una amplia agenda cultural. También es verdad que los irregulares (en calidad, no en abundancia) eventos culturales de Morelia son sólo eso y nada más que eso: eventuales. A Morelia le hace falta una cultura permanente, viva, propositiva, joven, fresca y diversa porque lo que se ofrece está muy acentuado por lo que el Estado impone. Lo que ocurre en Morelia parece un eterno déjà vu institucionalizado que ya no se preocupa por proponer gran cosa, ya que siempre están dando vueltas alrededor de lo mismo. Morelia necesita renovarse en materia cultural (¡y en tantos otros aspectos!) si no es que quiere perder para siempre la atención, sobre todo, de sus ciudadanos más jóvenes. Es decir, sabemos que la educación escolar básica mexicana todavía deja mucho que desear. A los niños se les inculcan conocimientos mínimos sobre el Arte y poca o nada sensibilidad hacia cualquier disciplina artística; además, seguramente, tampoco reciben este tipo de formación en casa. Por lo tanto ¿como piensa el Estado y las autoridades culturales de Morelia atraer a los jóvenes morelianos hacia sus actividades? ¿Para qué empeñarse, entonces, en atiborrar una agenda de eventos, cuando no tienes una población considerablemente activa en lo cultural? El verdadero reto no es organizar eventos al por mayor, sino que la población se involucre en ellos, que los hagan parte de su vida y de sus hábitos. Da la sensación de que la agenda cultural moreliana está pensada para verse desde fuera (es decir, para que otros estados de México y para que los extranjeros que visiten la ciudad se impresionen) que desde dentro (es decir, para los mismos morelianos).

El ejemplo más claro es el Festival Internacional de Cine de Morelia, un acontecimiento que viví en sus primeras ediciones. La primera del 2003 fue modesta, tímida y sencilla. Las salas de cine no se llenaron pero lograron capturar la atención de aquellos personajes culturalmente activos de la ciudad, antojándoles lo suficiente como para emocionarse y repetir en siguientes ocasiones. En la segunda y en la tercera edición la popularidad del festival creció considerablemente pero aún seguía siendo un festival de Morelia para los morelianos. Pero a partir de la cuarta noté que ya no se le daba preferencia a los morelianos, que los extranjeros invadían Morelia esos días, que prácticamente había que pelearse para poder ver una determinada película que luego ya jamás iba a programarse en la cartelera normal de los cines de la ciudad, que en los estrenos de mayor renombre se apartaba a la gente para que pudiesen pasar las estrellas por la alfombra roja, que varios eventos que involucraban directa o indirectamente al festival se volvieron privados o VIP, que esos días los ciudadanos modernitos y culturetas de Morelia aparentaban ser todavía más modernos y culturetas, como queriendo demostrar que estaban a la altura de esos otros modernitos y culturetas que venían del extranjero, etcétera, etcétera, etcétera. Yo, ante tal despliegue de medios y de focos exagerados de atención en una ciudad tan pequeña y humilde como Morelia, no pude sentir más que pena (y a veces asco) porque un proyecto tan interesante como ese se malograra de tal manera. ¿No sería mejor que el Festival Internacional de Cine de Morelia se hubiese satisfecho con un formato moderado y sencillo como el de las primeras ediciones, para que estuviese destinado a los ciudadanos de la capital michoacana, en vez de degenerar en un evento masivo en el que se establecen invisibles jerarquías en las que nosotros, los espectadores morelianos, somos los más ninguneados? ¿Pero no sería todavía mejor que durante todo el año hubiese una cartelera alternativa en los cines de Morelia, con una selección de películas de interés artístico para el disfrute y cultivo intelectual y espiritual de la ciudad?

Queda todavía mucho por hacer.













Joaquín Turina – Poema en forma de canciones, Op. 19. III. Cantares.

Joaquín Turina – Poema en forma de canciones, Op. 19. V. Las locas por amor.

Intérpretes:

Teresa Berganza, mezzosoprano.

Juan Antonio Álvarez Parejo, piano.

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