viernes, 1 de abril de 2011

Franc3s + Klaus & Kinski + Triángulo de amor bizarro: las carencias afectivas, espirituales y sexuales del público indie

Gracias a Mondo Sonoro pude entrar gratis, por la cara, este jueves 31 de marzo (del 2011) al Rock Kitchen de Madrid, a ver la actuación de los gallegos Franc3s, los murcianos Klaus & Kinski y los también gallegos Triángulo de Amor Bizarro (TAB). Los conciertos en esta sala suelen empezar muy puntuales (20.30) porque después se convierte en una discoteca latina (sabor, mami) llamada “Juanchito”.

Llegué un poco tarde porque cometí el error de subirme al bus sin saber que aquel día y por aquellas horas se celebraba la iniciativa “BiciCrítica” que ocurre cada jueves último de mes. Iniciativa que me parece estupenda porque más bicicletas es lo que necesita Madrid (es increíble ver detenidamente el tráfico y comprobar que en la mayoría de los coches sólo va una persona, el conductor. ¡Un coche por persona!: fatal, fatal, fatal). A ver si las autoridades políticas madrileñas correspondientes van haciendo caso y elaboran de una vez una ciclovía en condiciones por la ciudad, porque es verdad que en este ámbito Madrid está muy por debajo de otras ciudades europeas y/o españolas, como por ejemplo Barcelona.

Entonces, madrileños, recuerden que cada último jueves de mes, por la tarde y en ciertas arterias de la ciudad (Recoletos, Paseo del Prado, Castellana, etc.), las vías se cierran parcialmente. Es la excusa perfecta para desempolvar su bicicleta, oigan.

En fin, ya cuando llegué (junto con mi chica) al Rock Kicthen, un ensordecer ruido atonal y mal ecualizado hacía retumbar la sala: Franc3s en el escenario. No había mucha gente todavía en la pista, la mayoría estaban fuera de la sala, embriagándose, esperando que comenzara Klaus & Kinski o TAB.

Aguanté muy poco de Franc3s. Aquel volumen tan aturdidor no puede ser sano y yo quiero conservar mis oídos mucho tiempo porque me gusta mucho la música. Mejor decidí pasearme por la sala y mirar el merchandising: un puesto de discos del sello Jabalina. Me compré el doble de ParadeIntonarumore” por 13 euritos. Bien, muy bien. Luego unas chicas rubias y altas que no dejaban de brincar y reír como locas nos pegaron una pegatina en el pecho del licor Jägermeister y nos hicieron beber la bebida literalmente por un tubo. Me supo horrible.

Nos encontramos con amigos y ya sin Franc3s en el escenario, no supe ni en qué momento acabaron, charlamos amenamente. Pero eso duró poco porque nos separamos un momento y enseguida Klaus & Kinski ya comenzaba en el escenario. He de confesar que no tengo buena vista y que estaba casi al fondo de la pista. Por eso al principio pensaba que era TAB (las dos bandas tienen una chica) pero sonaban moderadamente suaves para serlo.

Klaus & Kinski sonaron fatal. No tanto como Franc3s porque al menos no era molesto para el oído pero sí muy escuálido, mal ecualizado y sin cuerpo alguno. Si alguien me hubiese ofrecido un millón de euros a cambio de que yo le tradujese lo que estaba cantando Marina Gómez en el momento, hubiera llorado por perder el dinero: no había forma de escucharla con claridad.

Además la gente no ayudaba para nada. El telón de fondo era el bullicio del público: wachawachawacha…

Ya desde la segunda canción (¡!) algunos del público les estaban pidiendo a gritos que interpretaran tal o cual tema. En mis tiempos eso se hacía ya casi al final, y con bandas que tuviesen un repertorio amplio, porque es lógico pensar que una bandita de Murcia con apenas dos discos va a agotar casi todo su repertorio en una presentación. No hay necesidad de pedirles canciones, público indie.

El sonido era tan malo que ni siquiera entre canción y canción, cuando Marina nos contaba alguna ocurrencia, se le entendía por completo. A mí me entró la risa floja porque atrás de mí estaba un grupito de españoles con un amigo extranjero (probablemente estadounidense, por su acento). Cuando Marina dijo algo que no pude entender algunos en la sala rieron porque Marina rió. Una chica del grupito detrás de mí también rió y cuando el gringo preguntó What’s she saying?, la chica le respondió (después de haberse reído, ojo) I don’t know. Hombre, claro, hay que reírse, aunque no se haya entendido el chiste o lo que dijo, así uno no queda como el que no se entera…

Esta displicencia, tanto de la banda como del público, hacía del concierto un acontecimiento soberanamente aburridísimo. Había gente que se movía de un lado a otro no tanto por bailar (porque si eso es bailar, yo que soy un tronco, entonces soy John Travolta), sino para no quedarse dormido. Fue en este momento, como a la quinta o sexta canción de Klaus & Kinski que mi chica bostezó un par de veces. ¡Ella!, que es tan alegre, positiva, activa e inquieta; ¡bostezando en un concierto!

Tampoco el calor ayudaba, ni la súbita iluminación de la pista. Con las luces fuertemente iluminándonos la gente se sintió un poco insegura, incómoda. Hasta varias canciones después las apagaron de nuevo y el público pudo volver a esconderse en el anonimato típico de estos eventos.

Ni siquiera el hit de Tierra, Trágalos (Jabalina, 2010), “Mamá, no quiero ir al colegio” (que por cierto, tiene un ligero aire en los bajos y en el tema lírico a “El pupitre de atrás” de Alaska) pudo levantar del todo la presentación.

Klaus & Kinski salieron del escenario y yo y mi chica fuimos a descansar las piernas en los sillones que hay en los laterales de la pista. Ahí, charlando, concordábamos que este concierto estaba muy (pero muy) por debajo del que tan sólo unos días antes (el 11 de marzo) habíamos presenciado en esa misma sala: Single + Astrud & Col·Lectiu Brossa. La diferencia era clara: Astrud & Col·Lectiu Brossa (la función estelar de la noche) son músicos profesionales, con trayectorias más que construidas. En cambio, las bandas del 31 de marzo de la sala Rock Kitchen son jóvenes que por hacer algo montaron una banda: no tienen técnica alguna (lo fácil es tocar ruidosamente, así se tapan los errores, lo difícil es conseguir la sencillez y la sutileza, ¿o no?). Y la técnica podría ser prescindible si se tiene algo muy profundo y sincero que contar, pero no es particularmente el caso.

Después de un rato, Triángulo de Amor bizarro salió al escenario. La gente se alocó inmediatamente y la emoción y el galope enérgico duró aproximadamente… unos 45 segundos, más o menos. Ya a la tercera canción mucha gente simulaba la alegría y la euforia: el hartazgo. Un par de chicos a nuestro lado se rascaban la cabeza como por tic, como por tener algo que hacer con las extremidades. ¡Del otro lado una mujer se quedó dormida! Aquí mi chica volvió a bostezar: mal augurio

Otros tantos, sobre todo los que estaban al frente de la pista y un grupito delante nuestro, brincaban como changos petacones y agitaban la greña. ¿De dónde sacarán tanta energía?, ¿no currarán, follarán o se masturbarán lo suficiente? ¿de verdad era tan brillante la actuación de TAB?, ¿los guitarrazos contagiaban tanta efusividad?, ¿o sólo era esa extraña inercia de las generaciones más jóvenes de tratar de “pasarlo bien” a toda costa, aunque no haya muchas ganas ni grandes motivos? Siempre lo he pensado, la “diversión” está sobrevalorada. Si alguien me podría argumentar con un razonamiento de peso que aquello que vimos y “escuchamos” en la sala Rock Kitchen el 31 de marzo era especialmente divertido o particularmente emocionante pues que me lo diga.

Y no crean que tengo algo en contra de estas bandas. No, para nada, de hecho creo que sus discos en estudio ofrecen escuchas interesantes y provechosas, pero lo lamento, sus directos dejan mucho que desear. De cualquier manera, más bien la cuestión que quiero tratar aquí es otra: que el público indie promedio acepta cualquier cagada que le vendan. Y aún peor: que el público indie promedio tiene la necesidad imperiosa de suplir sus carencias afectivas, espirituales y sexuales, evadiéndose en el ruido, en el desmadre, en la inmediatez, en la pose cultureta, rellenando sus vacíos existencial con la excusa (y la ilusión idílica) de que está siendo partícipe de los movimientos culturales de la escena indie actual (que para ellos es la escena cultural más importante, o en el peor de los casos, la única escena cultural).

Señores y señoras indies, que sepan que son la tribu urbana más cerrada y sectaria actualmente. Encima llegan a creerse que no son una tribu urbana siquiera, sino que realmente se piensan que tienen personalidad propia. ¡Pero si van uniformados!

Resulta impresionante que haya gente que gaste 20 euros todos los fines de semana en conciertos tan malos como estos. Pero resulta más increíble aún que haya gente en África que sobrevive con menos de dos dólares al día (1.42€). ¡Ay, Europa, no ves más allá de tus narices!

No me molesta pagar lo que haya que pagar por un concierto, mientras tenga la seguridad de que se va a tratar de algo especial. Chapuzas cero.

Es curioso, también, que un indie siempre te diga que la música le encanta. Vale, bien, pero yo nunca los veo en conciertos que no sean de indie.

Tampoco me lo tomen con acritud. Vamos, indies, algo de autocrítica sí necesitamos.

Les voy a proponer una cosa, y, por favor, confíen en mí. Confíen, por primera vez en su vida, en alguien que no se considera guay ni cool. Por ejemplo:

Casi todos los lunes y durante casi todo el año, el Auditorio 400 del Museo Reina Sofía ofrece de manera gratuita conciertos de música clásica contemporánea, la mayoría de gran calidad interpretativa y acústica, de repertorio por de más interesante. Si quieren salirse alguna vez de su norma, si quieren ir a un concierto no a figurar con sus amigos, ni a dejarse ver por la “escena indie del momento”, ni para aparentar lo que uno no es, ni para gastarse 10 euros por un mini de cerveza (esto me parece un escándalo… y en África con menos de dos dólares al día, repito), ni para mirar de reojo a las chicas/os que jamás te van a hacer ni puto caso; es decir, si quieres ir a un concierto a escuchar, simple y llanamente, que, creo yo, es de lo que principalmente se trata la música, de escuchar, pues les hago la atenta invitación (y no soy un promotor del Reina Sofía ni nada) que se pasen por ahí alguna vez. Y recuerden, con la única intención de escuchar, de dejarse llevar por los sonidos, no por la pose. ¿No se la pasan quejando muchos de vosotros de que España es un país inculto lleno de paletos? Pues sólo eso puede cambiar si ustedes cambian. Y la asistencia a las verdaderas salas de conciertos es una excelente manera de hacerlo. Créanme, no es aburrido. Créanme, tienen poco que perder y mucho que ganar.

Otro ejemplo:

En la calle de Sancho Dávila, 34, de Madrid, (metro Ventas o Manuel Becerra) hay un bar que se llama "La Quimera". No sé si todas las noches pero sí gran parte de ellas hay saraos flamencos cojonudísimos. Nada de flamenco enlatado para turistas. No, no. Sentío, auténtico y jondo, como debe de ser.

La cuestión es, ¿esos géneros estarán a la altura de vosotros, que son tan guays y que todo les parece menos o indiferente?

Reflexiónenlo, medítenlo.

Bueno, ya no les doy la plasta más. Y termino mi artículo de manera positiva. Y es que es verdad que Triángulo de amor bizarro logró conseguir momentos (aunque tampoco muchos, sólo dos o tres canciones. Por ejemplo el hit: “De la monarquía a la criptocracia”) de envergadura convincente, conectando con el público, haciéndolo partícipe y llevándoles de la mano por los senderos de sus muros sonoros aplastantes.

Cuando descubrí a mi chica cabeceando de sueño al lado de mí decidí que era suficiente, pobre. Me cantó, quién sabe por qué, un fragmento de la canción “Mi novio es un zombie” de Alaska y Dinarama (aunque original de Los Vegetales). Yo creo que para subir un poco el ánimo.

Eso sí, el Rock Kitchen viene a ser una bendición para el barrio donde se encuentra (mi chica vive justo a unas manzanas de distancia), porque los días de conciertos la zona reverdece de vida y movimiento, que no es habitual por ahí: es la parte cutre del barrio de Salamanca. Osease, la parte más aburrida del barrio más pijo de Madrid. Y si tomamos en cuenta que ya de por sí los pijos son de lo más aburridos… pues se pueden dar una idea de aquello.

En conclusión: bien por el Rock Kitchen, mal por los directos de Franc3s, Klaus & Kinski y Triángulo de amor bizarro, y fatal por el público indie.

Señores y señoras indies, no se dejen engatusar por cualquier basura que les vendan. Les juro que hay propuestas más interesantes en Madrid. Si les gusta el indie perfecto, pero entonces exijan calidad.

Otra cosa es que les guste figurar. Si ese es el caso, entonces, háganselo mirar, porque eso no es sano, es un vacío.

Hasta otra.

Franc3s - Me gustaría verte sangrar:

http://www.goear.com/listen/c3f9039/me-gustaria-verte-sangrar-franc3s


Klaus & Kinski - Mamá, no quiero ir al colegio:

http://www.goear.com/listen/f98402c/mama-no-quiero-ir-al-colegio-klaus-kinski


Triángulo de amor bizarro - De la monarquía a la criptocracia:

http://www.goear.com/listen/7e2781e/de-la-monarquia-a-la-criptocracia-triangulo-de-amor-bizarro

1 comentario:

  1. Me ha agradado leer tu crítica, compañero.

    Mi opinión sobre el público madrileño en general es clara, no respetan a no ser que tengan en frente un grupo muy conocido de la alta esfera. Muchos van a los conciertos y se dedican únicamente al desparrame y a darle a la lengua con sus amigotes a los que no han visto en toda la semana.

    Sobre los grupos te diré que Franc3s me parecieron mejor que en disco, sobretodo en su faceta más synth punk. Que es la tercera vez que veo a Klaus & Kinki en directo en los últimos doce meses y ninguna me ha gustado y que estaba moviendo las greñas si las tuviese con TAB.
    La verdad es que estos últimos me gustaron mucho y la gente que estaba delante también ayudo a que hubiese buena sintonía.

    Un saludo compañero y si quieres leer las opiniones de algunos conciertos (la de ayer también)a los que voy, puedes pasarte por aquí.

    http://myfeetinflames.wordpress.com

    Un saludo!

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